Popularmente, las personas piensan que un médico forense es simplemente aquel que hace autopsias, pero es un gran error. Tanto los médicos forenses como los peritos judiciales, son expertos en investigar las causas que llevan al resultado a analizar.

Muchos son los padres que interesados por nuestro servicio de diagnóstico, contactan con la asociación a fin de recibir soluciones para casos donde los médicos habituales no logran acertar.

En muchas ocasiones, los padres son víctimas de la desinformación que hay en internet, y pese a un tener un diagnóstico correcto, al ver síntomas “raros” o alarmantes, prefieren una segunda opinión.

Para comenzar con esta nueva sección he elegido el Coxsackievirus, o virus de Coxsackie, pues para padres primerizos o profesionales que suelen trabajar con menores, les resulta alarmante la sintomatología que dicho virus presenta.

El Coxackievirus, es un enterovirus (género de virus de ARN monocatenario positivo) es un virus que contiene ácido ribonucléico (ARN) de cadena sencilla y sentido positivo como material genético, el cual, se replica usando ADN intermedio, y permanece al grupo cuarto de la clasificación de Baltimore (Escala que clasifica los virus en función de su genoma).

En estudios serológicos se han identificado más de 60 serotipos (microorganismo infeccioso que se clasifica según los antígenos que presentan en su superficie celular) de enterovirus humanos. Atendiendo a su patogénesis en humanos y animales, se originaron inicialmente en 4 grupos, entre los cuales, se incluyen las variedades A y B del virus de Coxsackie.

Adquiere este nombre por que fue aislado por primare vez en el estado de Nueva York, en la ciudad de Coxsackie, y pertenece a la familia picornaviridae, presentan una cápside carente de envolutura vital y estructuralmente definida por una simetría icosaédrica.

Generan varias enfermedades en humanos, pero hoy de la que quiero hablar es de la famosa “enfermedad” conocida como exantema vírico de boca, pies y manos.

Generalmente es una infección que comienza en la garganta, y en un alto porcentaje de los casos estudiados es causado por el Coxsackievirus A16. Los menores más afectados (rara vez se aprecia en adultos) son aquellos que no exceden de los 10 años, y suele darse en verano y principios de otoño.

La forma de contagio habitual es cuando una persona que haya contraído la infección estornuda, tose, o se suena la nariz cerca del futuro afectado. Pero es posible contagiarse si te tocas los ojos, la nariz o la boca después de haber tocado algo o alguien contaminado con el virus, como pudiera ser un simple juguete, un pomo de la puerta o un columpio del parque.

auge-virus-2Se propaga fácilmente durante la primera semana de evolución, y los síntomas pueden durar de 3 a 7 días. Entre los síntomas habitualmente registrados destacamos la fiebre, el dolor de cabeza, la pérdida de apetito, erupción de ampollas en manos y pies, dolor de garganta e incluso úlceras en boca, lengua, garganta y amígdalas.

El examen físico es simple, por norma general cualquier médico con un simple vistazo a las erupciones de manos y pies sirve para diagnosticar la enfermedad.

Muchos padres o tutores se preocupan pues a veces las ampollas son de aspecto desagradable, contienen líquido o son abundantes; pero desde este blog rogamos tranquilidad en estos casos pues raro es que tenga una mayor complicación.

En lo relativo al tratamiento, no existe un tratamiento específico para la infección, más que el simple alivio de los síntomas. Los antibióticos no funcionan por que la infección es vírica y no bacteriana. Para tratar los síntomas recomiendo paracetamol o ibuprofeno. Personalmente, no recomendaría dar aspirina a niños menores de 18 años por su composición de ácido acetilsalicílico.

Aconsejo además la ingesta de líquido en abundancia (a ser posible lácteos fríos) y rechazo la recomendación de tomar zumos y bebidas con gas ya que pueden ocasionar ardor en las úlceras.

Las complicaciones más habituales serán la pérdida de líquido corporal (deshidratación, por ello recomiendo beber en abundancia) y en caso de fiebres altas, convulsiones febriles. IMPORTANTE: si se originan convulsiones afebriles (sin fiembre) ir inmediatamente al hospital.

Si el menor además refiere dolor en brazos, cuello, piernas, o rigidez en ambos, acudir igualmente a urgencias.

Referencias para la redacción del artículo:

Meyer A. Pediatric infectious disease. In: Flint PW, Haughey BH, Lund V, et al., eds. Cummings Otolaryngology: Head & Neck Surgery. 6th ed. Philadelphia, PA: Elsevier Mosby; 2015:chap 197.

Romero JR, Modlin JF. Coxsackieviruses, echoviruses, and numbered enteroviruses. In: Bennette JE, Dolin R, Blaser MJ, eds. Mandell, Douglas, and Bennett’s Principles and Practice of Infectious Diseases. 8th ed. Philadelphia, PA: Elsevier Saunders; 2015:chap 174.

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Dr Carlos Cuadrado Gómez-Serranillos

Perito Judicial en Medicina Forense – Perito Judicial en Psicología

 

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Hoy en día es muy habitual decir o que nos digan “¡tienes ansiedad, cálmate!”, “te veo ansioso”, “tranquilízate que te va a dar un ataque de ansiedad”, “¡no puedo, estoy ansiosa!” y expresiones similares, normalmente para referirnos a un estado o emoción negativa. Pero, ¿realmente sabemos qué es la ansiedad?, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de ansiedad?

Si consultamos la RAE para ver su definición tenemos:

ANSIEDAD: Del lat. anxiĕtas, -ātis. 1. f. Estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo. 2. f. Med. Angustia que suele acompañar a muchas enfermedades, en particular a ciertas neurosis, y que no permite sosiego a los enfermos.

Sin duda, atendiendo a estas dos acepciones es normal que la Ansiedad se asocie como algo malo y negativo, pero vamos a ahondar un poco más sobre qué es realmente la Ansiedad.

La Ansiedad no es tanto un estado como una respuesta adaptativa que nos hace estar alerta y prepararnos frente a estímulos que pueden ser externos o internos, tales como pensamientos, ideas, imágenes, etc., y que son percibidos por nosotros como amenazantes y/o peligrosos.

En este punto es interesante pararse en dos aspectos, el primero y de gran importancia sería el que la ansiedad es una respuesta adaptativa y, como tal, es muy útil y necesaria para nuestra vida diaria. Adaptativa porque, ya desde los inicios de los tiempos, la ansiedad era básica para nuestra supervivencia ya que nos mantenía alerta de los peligros a los que estábamos expuestos frente a posibles depredadores, amenazas y/o situaciones que directamente nos hacían elegir entre la vida y la muerte. Sin duda, gracias a nuestras repuestas ansiosas, normalmente basadas en la huida o en el ataque, hemos podido salir airosos de más de una situación determinante y llegar a nuestros días.

El segundo aspecto clave de la Ansiedad es el referente a la percepción que tenemos nosotros de los estímulos para considerarlos amenazantes. En este sentido, es importante subrayar que la percepción es algo muy subjetivo que está directamente ligado con lo que cada uno ve, interpreta y siente con respecto a algo. De esta forma, es sencillo deducir que no todos los estímulos que nos pueden suscitar una respuesta ansiosa son realmente peligrosos o amenazantes para nuestra integridad física. Esos estímulos, como la vida misma, está bañada por nuestra propia visión del mundo y nuestra forma de interpretar y dar significado a las cosas, por lo que aquello que a alguien le puede resultar altamente peligroso, mostrándose en consecuencia ansioso, puede ser un estímulo neutro para otra persona y apenas suscitarle reacción alguna. Por ejemplo, si vamos caminando por el campo y en un lado del camino vemos una serpiente, podemos directamente mostrarnos alterados, nerviosos y actuar de forma precipitada, quizá huyendo despavoridos sin mirar atrás; pero quizá nuestra compañía, que se encuentra en la misma situación, en el mismo camino y ve el mismo animal, puede mantenerse calmado, sin apenas alterarse y sólo sentirse sorprendido de nuestra respuesta inmediata de huida. Bien sea una serpiente o una simple culebra, para ambas personas el estímulo ha sido el mismo y la única diferencia es cómo, cada uno de ellos, lo ha visto, lo ha interpretado y el significado que le ha dado (la primera persona como una terrible amenaza que hacía peligrar su vida; y la segunda como un habitante más del entorno rural en el que se encuentra).

La Ansiedad, como reacción emocional que es, tiene tres componentes importantes, el cognitivo (lo que recibimos a través de nuestros sentidos y que nos da información sobre los estímulos de nuestro alrededor), el fisiológico (todas aquellas respuestas corporales que se activan frente a dichos estímulos, como la sudoración, el incremento del ritmo cardíaco, el incremento del calor corporal, el rubor facial, la respiración entrecortada, etc.) y el conductual (el cómo actuamos frente al estímulo, que con la ansiedad suele resumirse en dos: enfrentamiento-lucha o escape-huida). Estos tres componentes de la Ansiedad están tan intrincados que podríamos decir que actúan como un todo, no estando muy claro aún cuál actúa primero y activa al resto.

El factor del modelado, es decir, el aprender por observar y copiar a otros, tiene un fuerte peso, especialmente en los primeros meses y años de nuestra vida, cuando nuestra falta de experiencia la compensamos con la experiencia de quienes tenemos a nuestro alrededor y que nos sirven de referentes para aprender y prepararnos para la vida. Así pues, puede que el temor a los perros que pueda tener una niña de 3-4 años no se deba a haber vivido una experiencia traumática con anterioridad, sino al hecho de haber tenido como referente un adulto que, ante la presencia de un cánido actúa siempre con temor, nerviosismo y conductas evitativas.

Sin embargo, por ser una respuesta que tenga un origen aprendido, a través del modelado o a través de nuestra propia experiencia vivida, y que actúa de forma involuntaria desencadenando conductas a veces desproporcionadas, no significa que ya estemos bajo su control y no podamos hacer nada al respecto.

La Ansiedad depende mucho de nuestra propia percepción y a veces ésta nos puede llevar a sentir que algo que podría estar dentro de la normalidad se convierta en un auténtico problema, generándonos miedo, pánico e incluso bloquearnos. En el ejemplo de la serpiente, está claro que para la persona que sale corriendo ese estímulo, por su percepción y las cogniciones que tiene asociadas, etiqueta la situación como altamente peligrosa, casi de peligro de muerte, así que su reacción inmediata es la huida despavorida.

La Ansiedad ha de servirnos como ayuda para estar alerta y reaccionar frente a los estímulos de nuestro entorno, pero siempre siendo nosotros quienes dominemos la situación y tomemos las decisiones oportunas, no al revés. De esta forma, no podemos dejarnos llevar y escudarnos en el hecho de que, al ser una respuesta inmediata e inconsciente, no la podemos controlar y, por ello, “es que somos así”.

Es importante tomar conciencia de que somos nosotros quienes llevamos el control de nosotros mismos y de nuestras emociones, y es preciso subrayar el hecho de que, con entrenamiento y constancia, podemos llegar a dominar nuestras reacciones y decidir cómo queremos vivir, libres para actuar según nuestro criterio y voluntad, o presos de nosotros mismos y limitados por estímulos que, bien internos o externos, no nos permiten decidir cómo queremos ser.

La relajación, el control respiratorio, la distracción, la exposición, la imaginación positiva… son muchas las técnicas que, con demostrada eficacia, nos permiten tomar el control de nosotros mismos y dominar aquellas situaciones en las que la ansiedad nos desborda. Se calcula que entre un 15% y un 20% de la población padece o padecerá problemas relacionados con la ansiedad y se sabe que la mejora espontánea (sin tratamiento) es altamente improbable, así que depende de ti el que esta emoción sea una ayuda o una limitación para tu vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

Patricia Díaz Carracedo

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“La Ballena Azul”, un “juego” que se originó en Rusia, que se viraliza entre los más jóvenes a través de las redes sociales y que tiene, como fin último, el suicidio; “Por 13 razones”, una serie estadounidense ambientada en un instituto de una pequeña ciudad y donde todo gira alrededor del suicidio de una adolescente y de las razones que le llevaron a quitarse la vida; o noticias que vemos casi a diario de niños de muy corta edad que se quitan la vida, como el caso que hace tan solo unos días inundó los medios de Gabriel Taye, un niño de 8 años que, tras ser golpeado en su escuela y permanecer inconsciente en el suelo de un baño durante varios minutos sin que nadie le auxiliase, acaba suicidándose dos días después en su casa (Ohio, EEUU).

Parece que cuando hablamos del suicidio en niños y adolescentes lo hacemos tratando de tomar la distancia, como si sólo ocurriese en películas o series de ciencia ficción o más allá de nuestras fronteras, pero es cierto que es una realidad dura y presente en nuestra sociedad.

El suicidio es la tercera causa de muerte entre los niños y adolescentes españoles y se estima que cada año se quitan la vida en torno a 100 jóvenes en España (con un ratio aproximado de 60 niños y 40 niñas), siendo el ahogamiento, ahorcamiento y la sofocación como los métodos más utilizados (41%), siendo el lanzamiento al vacío otro método muy utilizado (31%). Pero no sólo éso, sino que el 72% de los niños y adolescentes de entre 7 y 17 años tienen ideas de suicidio.

Pese a lo alarmante de las cifras, hay que señalar que el estigma social y el miedo al efecto imitación han provocado que hablar de suicidio se haya convertido casi en un tabú.

Si queremos buscar factores de riesgo podemos considerar multitud de estudios que apuntan, entre otros, a padecer una enfermedad crónica dolorosa, un trastorno psicológico que no necesariamente ha sido diagnosticado, una tentativa previa de suicidio y variables concretas de personalidad, como tener un carácter impulsivo con falta de control de las emociones unido a una alta carga de estrés emocional. Pero no podemos dejar de destacar otra de las causas en auge durante los últimos años, el bullying. En este sentido, señalar que se estima que en la UE 7 de cada 10 padecen alguna forma de acoso o intimidación, de tipo verbal, físico o a través de las nuevas tecnologías de la comunicación.

Es importante tener en cuenta que muchos de estos factores conllevan como problema de fondo una depresión. De hecho, se sabe que más de la mitad de los adolescentes suicidas padecían un trastorno depresivo. De esta forma, es fundamental permanecer atentos a nuestros niños y adolescentes, sus conductas observables, su comportamiento tanto dentro como fuera de casa, su estado anímico y aquellos hechos o situaciones vitales que puedan provocar algún tipo de cambio en ellos. El suicidio suele asociarse a una valoración positiva de la muerte, como algo liberador y, a la vez, como algo reversible, es decir, que no es definitivo, que se puede deshacer.

Si bien es cierto que la depresión y el suicidio no son sinónimos, se sabe que este trastorno es el principal factor de riesgo en la población infantil. En la población infantil la depresión puede cursar con síntomas y expresiones muy diferentes a las que conocemos o consideramos más habituales en el adulto. Así pues, en la población infantil es más frecuente la irritabilidad y el enfado más que la tristeza (explosiones de genio ante sucesos triviales, insultos, peleas o incluso abatimiento por nimiedades). Por otro lado, es más habitual en niños y adolescentes el tener poco apetito y problemas para dormir, así como mayor agitación en lugar de enlentecimiento en sus movimientos y actividad física.

La depresión infantil es de 2 a 3 veces más frecuente en hijos de padres con trastornos depresivos, no obstante, como ya mencionamos anteriormente, son muchas otras las causas que también pueden causar trastornos depresivos y que vienen asociados con factores externos.

Por otro lado, es preciso romper ciertos mitos que envuelven al suicidio infantil y que, inevitablemente, dificultan su comprensión, detección y posible prevención:

  • Sí, el suicidio se puede prevenir, no es una acción que esté genéticamente determinada.
  • No es cierto que el que lo anuncia con frecuencia nunca lo hará, al contrario, 1 de cada 3 suicidios consumados se habían avisado previamente mediante intentos o verbalmente.
  • No es cierto que la decisión sea irrevoable, de hecho, tienen sentimientos ambivalentes, dando pistas para ser salvados.
  • Las ideas de suicido son transitorias y con frecuencia suelen sentir arrepentimiento antes este tipo de deseos.
  • Especialmente en población adolescente el consumo de alcohol y de drogas son factores de riesgo para la depresión y, consecuentemente, para el suicidio.
  • El joven que se suicida o que tiene deseos de suicidio no tiene que tener, necesariamente, un trastorno mental grave, de hecho, suceden suicidios impulsivos en población sin trastornos mentales.
  • Por último, y como punto clave, subrayar que hablar del suicidio no induce a llevarlo a cabo, sino que, al contrario, es conveniente hablar del tema, ya que el hablarlo en un entorno de confianza suele aliviar el malestar que se pueda estar viviendo en ese momento.

A la luz de los datos aquí expuestos, no cabe duda que la depresión y el suicidio en la población infantil son asuntos de suficiente gravedad y calado en nuestra sociedad como para dedicarle el máximo de nuestra atención, no sólo para detectarlos y tratarlos, sino también para prevenirlos. De esta forma, ante aquellos síntomas y signos que podamos apreciar como peculiares en nuestros niños, tanto por parte de los padres/tutores como de los profesores, es clave preguntarse si son normales, si responden a una época o momento vital puntual o si su duración se está alargando, si están limitando su desarrollo y actividad habitual y si están afectando a su comunicación y sus relaciones más próximas. En este sentido, se hace fundamental el plantearse solicitar el asesoramiento y opinión de un experto de cara a considerar la mejor vía de actuación, siendo la psicoterapia infantil y la terapia familiar las más utilizadas y las que mayores índices de efectividad a corto, medio y largo plazo obtienen, pues inciden no sólo en el niño sino también en su familia, lo que permite reorganizar aquellas estructuras y sistemas que rodean al menor para ofrecerle una seguridad y confianza en su entorno que le permitan afrontar su vida con nuevos y mejores recursos.

Bibliografía

“El suicidio en jóvenes en España: cifras y posibles causas. Análisis de los últimos datos disponibles”. Clínica y Salud (Volume 28, Issue 1, March 2017, Pages 25–31).

“Tratamientos de los Trastornos Depresivos y de la Ansiedad en Niños y Adolescentes”. Mª Paz García. Editorial Pirámide.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Patricia Díaz (Psicoterapeuta individual y familiar – Psicóloga Forense)

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En los últimos años venimos oyendo que se está dando un fuerte incremento de violencia filio parental en los hogares españoles, afirmando algunas fuentes que entre el 7-10% de las familias españolas sufren este tipo de violencia. No obstante, ¿se trata realmente de una tendencia ascendente en esta última época o es una problemática que existe desde siempre? Las redes sociales y el acceso a todo tipo de fuentes de información nos permite conocer noticias procedentes de cualquier parte del mundo con una inmediatez nunca vista, y titulares como estos: “Detenido un joven por agredir, encerrar y rociar con spray antimosquitos a su abuela” (Noticias Cuatro), “Una madre denuncia a su hijo de 23 años por insultarla y maltratarla durante años” (El Mundo) o “Un menor intenta matar a sus padres para quedarse su dinero” (El País) pueden hacernos pensar que, en efecto, estamos viviendo una crisis en la crianza y educación de nuestros hijos.

Pero lo cierto es que esta problemática intrafamiliar ha existido y existe desde siempre. El sentimiento de vergüenza o fracaso por parte de los progenitores es lo que, en la mayor parte de los casos, hace que no se denuncien estas situaciones y se intenten mantener ocultas, tratando de sobrellevarlas en la intimidad del hogar. Por otro lado, la negación por parte de la familia de la situación de violencia en el hogar es un factor muy relevante para explicar el mantenimiento de la conducta violenta. En este sentido, a través de numerosos estudios se ha comprobado que los progenitores suelen permitir y tolerar altos niveles de violencia por parte de sus hijos antes de tomar medidas que impliquen sacar a la luz este problema e implicar a terceros para buscar una solución. Precisamente es este entorno de negación y encubrimiento, de mantener escondida una violencia intrafamiliar que afecta a todos los miembros de la familia y que, lejos de ser circunstancial y desaparecer con el tiempo, se consolida. Este hecho es lo que hace que, una vez que se denuncia y se busca ayuda a los servicios jurídicos y sociales, el nivel de gravedad de la situación es tal que se vuelve muy compleja la intervención psicológica del menor y de la familia.

Pero, ¿a qué nos referimos concretamente cuando hablamos de Violencia Filio Parental? En 2006 se introduce el término “Violencia Filio Parental” para describir las conductas reiteradas de violencia física, psicológica (verbal o no verbal) o económica, dirigida a los progenitores o a aquellos adultos que ocupan su lugar (SEVIFIP).

Un aspecto importante a tener en cuenta en este tipo de violencia es que el poder, el control y el dominio de la situación es el principal objetivo, no tratándose puramente de la intención de causar daño, sino que el hijo quiere conseguir lo que quiere sin tener en cuenta la figura de autoridad de sus progenitores, rompiendo con ello la dinámica de convivencia familiar (Aroca y Bellver, 2013).

Si tratamos de buscar características que definan el perfil del menor agresor podemos resaltar algunos aspectos como las dificultades de aprendizaje y/o adaptación escolar que presentan; personalidades dependientes con baja autoestima y falta de empatía, además de con altos niveles de agresividad (Ibabe, Jaureguiza y Díaz, 2007). Por otro lado, se puede destacar una alta frustración (especialmente causada por sus escasas habilidades para conseguir sus objetivos) y baja tolerancia para soportar esta sensación. Antes de continuar es preciso incidir en que ninguna de estas características es determinante ni excluyente. En cuanto al género, si bien es cierto que se aprecia mayor incidencia en menores varones, es cierto también que se dan mayores tasas de violencia psicológica y emocional en el género femenino (Ibabe y Jauregquiza, 2011).

Por otro lado, si dirigimos nuestra atención a las familias, tratando de buscar causas o factores clave, debemos señalar que el nivel socio-económico no es determinante (incluso detectándose una fuerte prevalencia en familias de altos recursos y con estudios universitarios los progenitores). En cuanto a los estilos educativos predominantes, parecen destacarse como variables relevantes la dificultad para establecer los límites y la sobreprotección hacia los menores, entre otros. Sumado a esto, es importante señalar, como afirman diferentes autores, que los hijos llevan a cabo conductas aprendidas en el entorno familiar o social más inmediato: El 80% de los menores que había sufrido u observado experiencias de violencia intra-familiar tenía alguna denuncia por agredir a sus padres (Ibabe, Jaureguiza y Díaz, 2007).

Pero no nos podemos detener únicamente en el análisis del entorno familiar, pues el grupo de iguales también es una variable con fuerte peso en la aparición de conductas violentas de los hijos hacia sus progenitores. Hay estudios que determinan una marcada relación entre adolescentes que han sufrido agresiones por parte de su grupo de iguales y que, para compensar los sentimientos negativos que esto les produce, reaccionan de forma violenta en el entorno familiar (Cottrell y Monk, 2004).

Si queremos seguir buscando “culpables” de este tipo de conductas podemos pensar en la existencia de trastornos psicológicos o emocionales, no obstante, hay que decir que estudios realizados desde este enfoque tampoco han sido concluyentes, ya que es difícil dirimir si los trastornos psicológicos mayormente vinculados a este tipo de problemática (la ansiedad y la depresión serían los componentes esenciales de estos trastornos) son previos y, por lo tanto, la causa o motores de la violencia filio parental o si, por el contrario, son manifestaciones de la conducta directamente relacionadas con el entorno y la relación intrafamiliar instaurada por otras muchas variables determinantes.

Así pues, y tras una somera revisión de factores, variables y características tanto de los menores agresores como de sus progenitores y entornos sociales, podemos decir que no hay una única causa ni un único motivo por el que la violencia filio parental emerja y se instaure en un hogar, generando, las más de las veces, un profundo deterioro en el núcleo familiar.

En el momento que se denuncia un caso de violencia filio parental se ponen en marcha una serie de dispositivos y protocolos que buscan no sólo el frenar esa situación, sino el establecer medidas correctivas para evitar su reaparición. Pero como paso previo al proceso judicial se lleva a cabo la mediación familiar, método alternativo dirigido por profesionales psicólogos expertos que, a través de diferentes estrategias que promueven un entorno abierto a la comunicación y el entendimiento entre las partes, buscan el establecimiento de compromisos y con ello la resolución del conflicto. Lamentablemente, muchas veces la gravedad de la situación intrafamiliar cuando interponen la denuncia es tal, que la mediación ya no es posible y, en estos casos se lleva a cabo el juicio, siendo la medida más solicitada la de libertad vigilada, que suele incluir la obligación de residir en un lugar distinto al domicilio familiar.

A modo de conclusión, atendiendo a todo lo arriba expuesto, podemos afirmar que más allá de las características personales de menores y progenitores, al margen de las variables ambientales, los estilos educativos o las situaciones socio-económicas de las familias, es fundamental el tomar conciencia de la situación y reaccionar de manera inmediata en el momento que se perciba alguna actitud o conducta agresiva en el menor. Una detección temprana y una intervención terapéutica a tiempo se convierten en los aspectos clave para evitar que casos de violencia filio parental se establezcan, consoliden y acaben en los juzgados.

 

Patricia Díaz Carracedo

Psicóloga – Perito Judicial en Psicología Forense

Experta en Psicoterapia Familiar y Mediación

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Hoy en día continuamente escuchamos términos anglosajones como “bullying”, “mobbing” o “bossing” en los medios y redes sociales, en el centro educativo al que asisten nuestros hijos, en el trabajo, e incluso son términos utilizados en conversaciones dentro de nuestra propia familia pero ¿los utilizamos correctamente? Es habitual, cada vez más, que utilizando estos conceptos para referirnos a “situaciones normales” con comentarios del tipo: “me estás haciendo bullying” para referirnos a situaciones en las que un amigo no nos deja tranquilos o “eres un bipolar” para hablar de aquellas personas que tienen cierta labilidad emocional o cambios de humor frecuentes, estamos contribuyendo a considerar algo que es normal como patológico, es decir, estamos utilizando la misma nomenclatura para dos aspectos muy diferentes: una situación normal y un problema psicológico real. En este sentido, el propósito de esta entrada es dar a conocer este tipo de conceptos, en especial el concepto de mobbing, para que se utilice con propiedad y para evitar que, su uso indiscriminado, acabe con la seriedad que este problema realmente supone para las víctimas que lo sufren.
¿Qué es el mobbing?
Desde la literatura científica se hace referencia al concepto de mobbing a ciertas situaciones de hostigamiento psicológico que tienen lugar en el contexto laboral y que se manifiestan de muy variada forma a través de distintos tipos de conflictos interpersonales (González-Trijueque, 2007b). Heinz Leymann (1990) fue el primero en acuñar el término mobbing, del verbo “to mob”, acosar o asaltar, siendo también el primer autor en un sugerir una definición operativa para el mismo concepto (Leymann, 1996): “el encadenamiento a lo largo de un periodo de tiempo bastante corto de intentos o intenciones hostiles consumadas, expresadas o manifestadas por una o varias personas hacia una tercera, el objetivo. Mediante una comunicación hostil y sin ética, que es dirigida de modo sistemático por uno (o varios) individuos contra otro, que debido a esta situación le coloca en una posición de indefensión y desvalimiento, y es activamente mantenido en ella. Este hecho debe ocurrir de forma frecuente (al menos una vez a la semana) y durante un cierto tiempo (al menos seis meses de duración)”.
El acoso laboral está dándose a conocer cada vez más debido a la elevada incidencia, según una encuesta de la Fundación Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y Trabajo publicada por La Organización Internacional del Trabajo (OIT) en 2000, trece millones de trabajadores europeos habían sufrido acoso laboral con lo que una de cada cuatro personas estaría afectada. Así, aunque los episodios de mobbing todavía no se han estudiado convenientemente, no podemos minimizar su importancia pues se trata una psicopatología emergente, lo cual no quiere decir que las víctimas estén desamparadas ante la Justicia ante este tipo de comportamientos (Escudero y Poyatos, 2004), sino que está empezando a ser reconocida por los tribunales bajo diferentes aspectos, según se encaucen los daños en la Jurisdicción Social (despidos improcedentes, consideración de accidente de trabajo, recisión de contrato, etc.), en la Civil o incluso en la Penal.
¿Qué comportamientos o acciones nos pueden alertar de una posible situación de mobbing?
– Acciones contra la reputación o dignidad personal del afectado. Utilizando comentarios injuriosos hacia su persona, ridiculizándole o riéndose públicamente de él, de su aspecto físico, de sus convicciones personales y/o religiosas, etc.
– Acciones contra el ejercicio de su trabajo. Encomendándole trabajo en exceso o difícil de realizar, monótono y repetitivo, incluso trabajos para los que la víctima no está cualificada o que requieren una cualificación menor de la poseída por la misma (shunting). También es común privar al afectado de la realización de cualquier tipo de trabajo enfrentándole a una situación de conflicto o ambigüedad de rol (la persona deja de verle sentido a su trabajo porque no desempeña unas funciones fijas).
– Manipulación de la comunicación o de la información con la persona afectada no informándole sobre distintos aspectos relacionados con el trabajo como funciones, responsabilidades, cantidad y calidad del trabajo que ha de realizar, etc. Así, es común el uso hostil de la comunicación tanto explícitamente (mediante amenazas o críticas) como implícitamente (no dirigiéndole la palabra, sin tener en cuenta sus opiniones ignorando su presencia) y el uso selectivo de la comunicación (para reprender o amonestar y nunca para felicitar).
– Situaciones de inequidad entre la víctima y el resto de trabajadores mediante el establecimiento de diferencias de trato, distribución no equitativa del trabajo o desigualdades remunerativas.
¿Cuántos tipos de mobbing existen?
En cuanto a las tipologías de acoso laboral, según la literatura científica existen fundamentalmente cuatro tipos (González-Trijueque, 2007a; 2007b):
– Acoso vertical descendente o bossing. Se genera desde una posición superior, así el superior se vale de manera abusiva, desmesurada y perversa de su poder (Piñuel, 2001). Se trata de un claro abuso de poder ante el cual el trabajador teme reaccionar por miedo a perder su empleo, siendo las consecuencias para la salud del trabajador más graves que en otros tipos de acoso, ya que la víctima tiende a estar más aislada (Hirigoyen, 2001).
– Acoso horizontal. Una forma de acoso muy habitual y acontece entre posiciones jerárquicas iguales o similares. El ataque puede producirse por problemas personales o bien porque alguno de los miembros del grupo no acepta las pautas de funcionamiento aceptadas por el resto. Otra circunstancia que da lugar a este comportamiento es la existencia de personas física o psíquicamente débiles o distintas cuyas diferencias son explotadas por los demás para pasar el rato o mitigar el aburrimiento, siendo también frecuente cuando dos asalariados rivalizan por un puesto (Hirigoyen, 2001). Según Leymann (1996), el proceso de este tipo de acoso seguiría el siguiente orden:
o Un grupo de trabajadores intenta forzar a otro reticente a conformarse a las normas implícitas fijadas por la mayoría.
o Enemistad personal.
o Un grupo de trabajadores la toma con un compañero debido a la mera falta de trabajo o aburrimiento.
o Se desencadena el acoso por la discriminación hacia la víctima por alguna diferencia.
– Acoso mixto (vertical descendente y horizontal). Es inusual que el acoso horizontal persista como tal, de modo que resulta habitual que en algún momento se convierta en vertical descendente porque los superiores no hacen nada al respecto y permiten que continúe la situación de acoso (Escudero y Poyatos, 2004).
– Acoso vertical ascendente. Aunque resulte menos habitual, los superiores también pueden ser víctimas de acoso laboral. Generalmente se produce cuando se incorpora a la empresa una persona del exterior con un rango jerárquico superior y sus métodos no son aceptados por los trabajadores que se encuentran bajo su dirección, o porque este puesto es ansiado por alguno de ellos (Escudero y Poyatos, 2004).
¿Qué consecuencias tiene?
Para el trabajador afectado.
A nivel psíquico la sintomatología puede ser muy diversa. El eje principal de las consecuencias que sufre el sujeto afectado es la ansiedad (presencia de miedo acentuado y continuo, e un sentimiento de amenaza). Aunque también pueden aparecer sentimientos de impotencia, frustración, baja autoestima o apatía. Es común que, pare reducir la ansiedad, la víctima adopte comportamientos como el consumo de sustancias. En este sentido, la excesiva duración o magnitud de la situación de mobbing puede dar lugar a patologías más graves o agravar problemas preexistentes: cuadros depresivos graves, aparición de rasgos patológicos de personalidad o incluso ideación suicida.
A nivel físico, podemos encontrarnos con diversas manifestaciones de patología psicosomática: desde dolores y trastornos funcionales hasta trastornos orgánicos.
Por último, a nivel social, es posible que estos individuos lleguen a ser muy susceptibles e hipersensibles a la crítica, con actitudes de desconfianza y con conductas de aislamiento, evitación, retraimiento o, por otra parte, de agresividad u hostilidad y con otras manifestaciones de inadaptación social. Son comunes sentimientos de ira y rencor, y deseos de venganza contra el/los agresor/es.
Para el núcleo familiar de la víctima.
El entorno social del trabajador afectado padecerá las consecuencias de tener una persona cercana desmotivada, sin expectativas ni ganas de trabajar y que padecerá, posiblemente, algún tipo de trastorno psiquiátrico, ya que el daño que el mobbing inflige a la víctima transciende a su esfera individual y produce una serie de daños colaterales de enorme magnitud (Piñuel, 2001).
Para la organización laboral.
Podemos decir que el mobbing afecta a las organizaciones laborales de la misma manera que un virus afecta a un ordenador. El hecho de tener trabajadores con este tipo de problemas afecta al desarrollo del trabajo e interfiere en las relaciones que los trabajadores deben establecer para la ejecución de sus funciones. Así, se producirá una disminución de la cantidad y calidad del trabajo desarrollado por la persona afectada, el entorpecimiento o la imposibilidad del trabajo en grupo así como problemas en los circuitos de información y comunicación. En este sentido, se producirá un aumento del absentismo de la persona afectada. En cuanto al clima social, distintos conceptos como la cohesión, la colaboración, la cooperación y la calidad de las relaciones interpersonales es muy posible que se vean afectados ante la existencia de mobbing.
Para la comunidad.
No debemos menospreciar las consecuencias que se producen a nivel económico debido a la pérdida de la fuerza de trabajo, coste de asistencias a enfermedades, costes de las pensiones de invalidez, etc. La OIT estimó en 2001 un coste económico para España ocasionado por el acoso laboral de más de veinticuatro millones de euros anuales (Borrás, 2002), siendo los costes cada vez más importantes.
El problema del acoso laboral en España es que se trata de una realidad que se está empezando a descubrir en los últimos años, de ahí que le denominemos patología emergente. Debido a ello, no existen numerosos estudios o datos estadísticos del mobbing que sufren múltiples profesionales en diferentes Instituciones. Uno de los motivos de esta realidad tapada es que a las propias Instituciones no les interesa que se hagan públicos estos casos y los profesionales, en muchas ocasiones, sienten vergüenza o tienen miedo de perder su puesto de trabajo.
Por este motivo, y porque consideramos que se ha de dar a conocer la importancia de este concepto, los profesionales de la Asociación Profesional Colegial de Criminólogos de España, ASPROCRIME, hemos elaborado un protocolo de actuación desde la psicología forense, con el objetivo de detectar posibles casos de acoso laboral psicológico, así como de intervenir con aquellas víctimas implicadas en un proceso de mobbing.

 

 

 

 

 

 

 

 

Ainhoa Mayoral Jaramillo

Psicóloga Forense – Perito Judicial en Psicología

 

Bibliografía.
Borrás, L (2002). El mobbing o acoso laboral en el trabajo. Psicopatología clínica, legal y forense, vol. 2 nº 2, 113-120.
Escudero, J.F. y Poyatos, G. (2004). Mobbing: análisis multidisciplinar y estrategia legal. Barcelona: Bosch.
Gonzalez-Trijueque, D. (2007a). El acoso psicológico en el lugar de trabajo: epidemiología, características psicosociales y repercusiones forenses. Tesis doctoral. Dir. Prof. José Luis Graña Gómez. Facultad de psicología. Universidad Complutense de Madrid.
Gonzalez-Trijueque, D. (2007b). El acoso psicológico en el lugar de trabajo. Una aproximación desde la psicología forense. Psicopatología Clínica, Legal y Forense, Vol. 7, 41-62.
Hirigoyen, M.F (2001). El acoso moral en el trabajo.Barcelona: Paídos.
Leyman, H. (1996). The content and development of mobbing at work. European Journal of Work and Organizational Psychology, 5 (2), 251-275.
Martínez León M, Irurtia Muñiz MJ, Camino Martínez León C, Torres Martín H, Queipo Burón, D. El acoso psicológico en el trabajo o mobbing: patología emergente. Gaceta Internacional de Ciencias Forenses, nº3, abril-junio, 2012.
Piñuel, I. (2001). Cómo sobrevivir al acoso psicológico en el trabajo. Santander: Sal Térrae.

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Recientemente conocíamos a través de los medios la noticia de que una mujer iba a juicio por provocarse lesiones para denunciar falsamente a su pareja. Noticias de este tipo nos hacen pensar acerca de las denuncias falsas: quién las pone, por qué, qué volumen se pueden llegar a presentar a lo largo de un año, qué motivaciones les pueden llevar a ponerlas y, muy especialmente, cómo se puede confirmar que, en efecto, son denuncias falsas y no un caso más de violencia de género, malos tratos o abusos sexuales.

El tema de las denuncias falsas es algo controvertido ya que suelen estar asociadas con casos de gran impacto psicológico, emocional y social que afectan no sólo a la víctima y al denunciado (hablamos en masculino por ser la gran mayoría de los casos los hombres los que son denunciados por estas causas), sino a todo el entorno que los rodea y que, de una forma u otra, conocen y están involucrados en la situación. Asimismo, son muchas las variables intervinientes y que inciden directamente en dichas causas y que hacen más complejo, si cabe, el analizar, evaluar, valorar y constatar la fundamentación y veracidad de los hechos.

Si no tenemos todo esto en cuenta y no actuamos con el máximo de cautela, podemos correr el riesgo de generalizar una tendencia o conducta particular a todo un colectivo, es decir, que noticias de este tipo nos hagan dudar de otros muchos casos y denuncias interpuestas en similares circunstancias, poniendo en tela de juicio su credibilidad y siendo más críticos y exigentes en cuanto a su fundamentación y veracidad.

En este sentido, si nos centramos en datos contrastados, señalar como ejemplo que La Memoria Anual de la Fiscalía General del Estado revela que entre las 913.118 denuncias por violencia de género que se presentaron en España entre los años 2009 y 2015, sólo constan 164 casos en los que se determinó que se trataban de acusación y denuncia falsa. Se trata sólo del 0,0079 % de las denuncias interpuestas. De esta forma, no podemos aferrarnos a una percepción o impresión personal de que la mayoría de las denuncias son falsas, sino todo lo contrario, pues comprobamos que el porcentaje de denuncias falsas, en este caso concreto relativas a violencia de género, es casi residual. Asimismo, este dato refuerza la necesidad de responder rápido ante una denuncia y activar inmediatamente el protocolo de actuación correspondiente para garantizar la seguridad, protección y apoyo psico-social de la víctima a lo largo de todo el proceso.

No obstante, tampoco podemos ignorar ese número de denuncias que, aunque muy bajo dentro del cómputo total, han supuesto señalar como culpable de malos tratos o abusos a personas que, en ese caso realmente se convirtieron en las víctimas. Así pues, por pequeña que sea la cifra y alta la preocupación y alerta que debemos mantener siempre en este tipo de denuncias, no debemos bajar la guardia a la hora de analizar, evaluar y valorar cada caso particular para asegurarnos que todos los protocolos y dispositivos diseñados específicamente para garantizar la seguridad y protección de las víctimas no sean convertidos en armas de doble filo y usados para lograr ganancias secundarias.

De esta forma, más que nunca, se vuelve de vital importancia la valiosa labor que llevan a cabo los peritos judiciales y psicólogos forenses que estudian cada caso con el máximo de detalle y profesionalidad proveyendo a los magistrados una herramienta única para dictaminar la veracidad de este tipo de denuncias.

Credibilidad del testimonio, valoración de las secuelas psicológicas, estado psicológico actual, evaluación del abuso/maltrato, idoneidad para la guarda y custodia… son muchos los objetos periciales que se le requieren al psicólogo forense, relativos a denuncias de violencia de género y abusos sexuales, para proveer de un mejor asesoramiento a las partes y a los magistrados de cara a la toma de decisiones.

Y es la exploración psicológica, sin lugar a dudas, la herramienta clave que un buen profesional de la psicología forense utiliza para analizar y valorar el objeto pericial. A través de una entrevista psicológica, abierta o semi-estructurada, se lleva a cabo una profunda evaluación de la persona, abarcando desde sus antecedentes familiares y personales, sus experiencias y su entorno social, hasta sus relaciones interpersonales, emociones, recuerdos y toda aquella información que nos permita conocer mejor el caso y los factores intervinientes en el hecho denunciado. Asimismo, la exploración psicológica suele complementarse con tests y pruebas psicológicas, así como con el vaciado de autos (estudio detallado y pormenorizado de todo el expediente documental aportado) y entrevistas con familiares y personas relacionadas.

Todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario y si bien en nuestra sociedad una situación de violencia de género o de abuso sexual coloca la etiqueta de víctima y culpable desde el minuto uno sin opción a réplica, es fundamental confiar en el asesoramiento experto de psicólogos forenses para evitar que presuntas víctimas o presuntos culpables sea estigmatizados por denuncias falsas que, si bien en un número muy bajo, puede dañar enormemente a la persona y a su entorno más cercano (hijos y familiares especialmente), no sólo durante el proceso desde que se interpone la denuncia, sino muy especialmente a la hora de superarlo, de centrarse en mirar adelante y rehacer su vida.

 

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Patricia Díaz Carracedo

Perito Judicial en Psicología Forense

Psicoterapeuta – Experta en Violencia de Género

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El divorcio o la separación, en la mayoría de las ocasiones, provocan un profundo impacto en la familia y en cada uno de sus miembros por la necesidad de modificación de la estructura familiar, pudiendo generar en algunas personas sentimientos devastadores (ira, cólera, venganza) que, de no controlarse, pueden desencadenar comportamientos peligrosos (De la Cruz, 2008).

En este sentido, el ajuste psicológico de los cónyuges va a influir directamente en su actitud frente al conflicto, así como en su forma de resolverlo, lo cual cobra especial relevancia cuando existen hijos de por medio, en la medida en que dicha forma de resolución puede implicar protección o desprotección de los mismos durante y después del proceso de separación, con su consecuente repercusión sobre el bienestar de los niños.

Es por ello que en los casos de divorcio conflictivo con disputas por la custodia de los menores, resulta fundamental una adecuada evaluación psicológica de ambos progenitores, a fin de facilitar la labor de decisión al juzgador en cuanto a la capacidad de cada uno de ellos para proveer a los niños de unos cuidados adecuados, sabiendo identificar y atender sus necesidades afectivas y manteniéndolos al margen del conflicto conyugal.

Dicha evaluación psicológica ha de ser capaz de arrojar luz sobre varios aspectos clave que van a permitir predecir el grado adecuación de la medida que finalmente decida adoptarse, tales como:

  • Personalidad y ajuste psicosocial de los progenitores. Este aspecto es relevante en la medida en que nos permite valorar la capacidad de afrontamiento y de adaptación al cambio de los progenitores, así como conocer los recursos sociales con los que cuentan, que van a facilitar este proceso de readaptación post-divorcio, reduciendo la probabilidad de fenómenos poco deseables, como la llamada “parentificación” (sobrecarga emocional de los menores, que tiene lugar cuando los progenitores tratan de apoyarse en los hijos, debiendo asumir éstos últimos una responsabilidad mayor de la que corresponde a su edad y madurez).
  • Actitudes y estilo educativo. Se trata de la forma que tienen los padres de inculcar valores y enseñar normas de conducta a sus hijos, así como del grado de concordancia entre los progenitores en esta cuestión. Este aspecto resulta importante por cuanto, además de permitirnos conocer la capacidad o grado de idoneidad parental de cada uno de los progenitores, también es una fuente indirecta de información en cuanto al riesgo de conflictos por las posibles discrepancias entre los padres en cuanto a la educación de los hijos.
  • Adaptación personal, familiar y socio-escolar de los hijos. En este punto se recoge toda la información relativa a los menores, pudiéndose realizar a partir de la información proporcionada por los propios progenitores y otras fuentes de información (familiares, centro escolar, etc.), o bien a partir del autoinforme de los propios niños, cuando cuentan con edades más o menos avanzadas. Este aspecto, junto con el siguiente, nos va a permitir valorar la repercusión del divorcio en los menores, así como detectar situaciones que requieren una especial atención por su gravedad, como son los casos de conflictos de lealtades y/o de alienación parental.
  • Historia y dinámica familiar. Se trata de las pautas de relación familiar pre y post-ruptura, tanto a nivel interparental, como a nivel parentofilial. Este aspecto es clave de cara a valorar el grado de conflictividad entre los progenitores, así como el nivel de interferencia de dicha conflictividad en la relación entre los progenitores y los hijos, y va a determinar en gran medida la viabilidad de una custodia compartida, así como la conveniencia de medidas extrajudiciales encaminadas a reducir el conflicto conyugal, como la mediación.
  • Contexto socioambiental e infraestructura. Incluye la valoración de otros aspectos no psicológicos (tales como la vivienda, los cambios que comporta cada opción de custodia, los recursos económicos de cada uno de los progenitores, etc.), que van a determinar la viabilidad práctica de la alternativa de custodia.

 

Todo lo anterior se traduce en una evaluación completa del contexto familiar, que nos va a facilitar la tarea de asesoramiento al órgano juzgador, y, en última instancia, va a hacer posible adaptar la resolución judicial al contexto familiar concreto, siendo más probable la efectividad y continuidad de las medidas adoptadas en cuanto a opciones de custodia y regímenes de visitas, y previniendo el “enquistamiento judicial” del proceso.

Así pues, por todo lo anterior, el informe pericial psicológico se ha convertido en un instrumento de suma utilidad en los procesos judiciales de divorcio con custodia, siendo cada vez más frecuente su demanda tanto por parte de los propios progenitores, como por parte del órgano juzgador.

 

Referencias:

De la Cruz, A. C. (2008). Divorcio destructivo: cuando uno de los padres aleja activamente al otro de la vida de sus hijos. Diversitas, 4, 1.

 

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Cristina Robles Mínguez

Psicóloga Forense – Perito Judicial en Psicología

Experta en Psicología Familiar

Madrid

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Una mujer mata en Barcelona a su novia: la violencia “invisible” (fuente: www.elmundo.es). Esta semana nos encontrábamos con esta noticia en algunos medios de comunicación, haciendo alusión a la Violencia Intragénero, una violencia que aun para muchos ámbitos de nuestra sociedad es “invisible”.

Pero ¿Qué es la Violencia Intragénero? Se trata de la violencia que se da en el ámbito de las relaciones afectivas y sexuales entre personas del mismo sexo.

La llaman “invisible” porque es un tipo de violencia de la que nadie habla. Parece invisible porque ni tan siquiera las víctimas de Violencia Intragénero se atreven a denunciar. Maite Mateos, Responsable del Programa de Violencia de Género – Área de Mujer y Cooperación al Desarrollo del Ayuntamiento de Bilbao declaraba para ALDARTE que sólo una mínima parte de las víctimas de Violencia Intragénero denuncian su situación, pues la gran mayoría tiende a ocultarlo, pero agravado con el sentimiento profundo de que no van a ser socialmente comprendidas, muchas veces ni por la propia comunidad homosexual.

Sin duda, este asesinato de Violencia Intragénero que era noticia esta semana es sólo la punta del iceberg, pues, aunque apenas se cuente con estadísticas actualizadas y resulte muy complejo obtener información concreta sobre este tipo de violencia, es cierto que el número de personas víctimas de malos tratos por parte de su pareja (o expareja) del mismo sexo es muy alto. Richard Carroll, de la Universidad Northwestern de Chicago, afirmaba que en el 2014 entre un 25% y un 75% de las parejas homosexuales eran víctimas de violencia doméstica. Orientando nuestro foco a España y fijándonos en una de las pocas encuestas realizadas específicamente sobre Violencia Intragénero, llevada a cabo en el año 2010 por ALDARTE (Centro de Atención a Gays, Lesbianas y Transexuales de Bilbao), vemos que en torno al 60% de los encuestados estaban sufriendo o habían sufrido en el pasado alguna situación de maltrato por parte de su pareja. Asimismo, más del 90% de los encuestados afirmaban conocer a alguien que sufría en esos momentos o había sufrido en el pasado algún tipo de maltrato por parte de su pareja. De esta forma, podemos afirmar que las cifras de Violencia Intragénero no sólo se pueden equiparar a las alcanzadas en otros países sino también que, al igual que la violencia “machista”, este tipo de violencia es un problema social del mismo calado y trascendencia que la Violencia de Género en nuestro país.

Por otro lado, si nos fijamos en la legislación podríamos afirmar, de hecho, que para nuestra justicia este tipo de violencia es invisible, ya que ni siquiera se menciona en la LEY ORGÁNICA 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género.

La Violencia Intragénero está tipificada como Violencia Doméstica lo cual, además de establecer desde el principio una clara desigualdad entre las personas sólo por su orientación sexual, algo que atenta directamente contra el Artículo 14 de la Constitución Española, supone que no existan dispositivos específicos de actuación inmediata tras una primera denuncia para brindar la máxima protección a la víctima, asesoramiento y ayuda para salir de dicha situación, algo que sí se hace cuando la violencia es sobre la mujer por parte de un hombre.

Es cierto que la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (FELGTB) ha presentado en septiembre de 2016, en la Oficina del Defensor del Pueblo, su propuesta de borrador del ‘Proyecto de ley contra la discriminación por orientación sexual e identidad de género, y de igualdad social de lesbianas, gais, bisexuales, transexuales, transgénero e intersexuales’. En cualquier caso, en estos momentos no deja de ser un nuevo intento de normalización e integración que, lamentablemente, parece que tardará en recibir algún tipo de respuesta concreta que nos permita comprobar que, aunque poco a poco, se sigue avanzando en este sentido en nuestra sociedad.

La violencia de género se cataloga como sexista, pues se trata de una violencia dirigida a la mujer por el mero hecho de ser mujer, mientras que en el caso de la violencia Intragénero su naturaleza puede estar más asociada a razones de diversa índole, como la diversidad funcional, al nivel económico, vivir aislado de amigos y familiares, no tener redes sociales, ser extranjero, etc., no obstante, no cabe duda que se trata de violencia igual y que supone que la víctima viva una situación de malos tratos, tanto verbales como físicos, que pueden desembocar en su muerte.

Si bien es cierto que debe ser un respaldo integral, desde todos los ámbitos de nuestra sociedad, el que debamos llevar a cabo para alcanzar esa equiparación de la Violencia Intragénero con la Violencia de Género y así poder ofrecer la máxima protección a todas aquellas víctimas de malos tratos, son aún muchos los pasos que se tienen que dar para lograrlo, siendo el primero el de la concienciación y normalización, algo que no cabe duda que exige esfuerzo y que, desde el principio, ya se antoja altamente complicado.

En cualquier caso, desde los ámbitos de la Psicología, tanto a nivel forense como clínico-asistencial, son muchos los objetivos que tenemos marcados y que estamos convencidos que podremos alcanzar si trabajamos conjuntamente. El trabajo por parte de la Psicología Forense se ha de enfocar en ayudar a alzar la voz a las víctimas, en darles autoridad ante la justicia y ayudarles a defender una situación real que vienen soportando y que, a todas luces, es preciso solucionar con medidas tajantes.

Asimismo, desde la Psicología Clínica y de la Salud también queda mucho por hacer y, precisamente esa invisibilidad, intencionada o no, de la Violencia Intragénero, dificulta mucho el establecer protocolos de actuación y diseñar herramientas para abordar estos casos de forma adecuada y eficaz. Natalia Masso, Directora de Generando Igualdad, nos comentaba que siendo la suya una plataforma de asesoramiento y ayuda terapéutica a mujeres víctimas de malos tratos por parte de sus parejas o exparejas heterosexuales, sienten que les faltan recursos para un correcto abordaje de la intervención psicológica a víctimas de Violencia Intragénero.

Sin duda, trabajar por recuperar su autoestima, para ganar en confianza y decisión para la toma de decisiones y por desarrollar habilidades que les capaciten para un mejor afrontamiento de la situación, son objetivos clave en la asistencia psicológica y, es incuestionable la labor que profesionales clínicos y de la salud están desarrollando en este aspecto, no obstante, volvemos a insistir que es clave el contar con el respaldo de todos los ámbitos (social, legal, jurídico, etc.), para que el trabajo conjunto permita que las víctimas de malos tratos por parte de la pareja o expareja, independientemente de la orientación sexual, sean protegidas de una forma integral y especializada.

En definitiva, creemos que se trata de una labor conjunta, por y para ellas, las víctimas (en sentido neutro), pero también para todos, por y para una mejor sociedad.

 

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Patricia Díaz Carracedo

Perito Judicial en Psicología Forense

Psicoterapeuta – Experta en Violencia de Género

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La Asociación Profesional Colegial de Criminólogos de España cuenta con profesionales de prestigio en el campo de la Psicología Legal y Forense en Madrid.

La Psicología Forense es la denominación que ha recibido la vertiente aplicada de la Psicología Jurídica, entendiéndose que su función principal es la de ofrecer funciones de soporte a las administraciones de justicia. Así, el psicólogo forense es el experto asesor en los procesos judiciales, tanto para el juez como para el resto de figuras jurídicas implicadas y para la parte demandante del informe pericial. Una cualidad importante del psicólogo forense es la capacidad de testificar ante un juzgado en condición de perito experto. Debe ser capaz de explicar los aspectos psicológicos encontrados en una persona en el lenguaje legal de los juzgados para proveer información al personal legal de una forma que pueda ser entendida y aprovechada.

El principal requerimiento que se realiza al psicólogo forense es la elaboración de peritajes psicológicos, función que, como ya señaló Muñoz Sabaté (1980), abarca una gran cantidad de ámbitos específicos en el marco jurídico porque “el derecho es algo multidimensional y omnipresente, el caso más insospechado puede presentar algún problema de prueba susceptible de ser tratado con métodos psicológicos”. La necesidad de la intervención de los psicólogos como peritos en los diferentes procedimientos judiciales no es nueva, se viene planteando desde principios del siglo XX (Ibáñez y Ávila, 1990). A pesar de ello, la aceptación y tendencia a la generalización del uso de la psicología en los tribunales es mucho más reciente.

El objetivo último de la evaluación psicológica forense es elaborar el dictamen pericial correspondiente al objeto de litigio. La acción del reconocimiento técnico del objeto del debate es conocida como “peritaje” o “peritación” (Ibáñez y de Luis, 1992). El dictamen emitido por el perito en relación a la materia sobre la que se le ha interrogado, es un medio de prueba dentro de un proceso judicial, que será ponderada y valorada por el juez en su propia toma de decisión para dictar la sentencia. Este informe pericial puede ser solicitado por el juez, por éste a propuesta de las partes, o ser solicitado directamente por las partes a su iniciativa (peritación privada).

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En ASPROCRIME, contamos con psicólogos forenses acreditados en Madrid que trabajan en toda España. Todos ellos son licenciados o graduados en Psicología y cuentan con la especialización o máster en Psicología Forense. De esta manera, los informes periciales o dictámenes periciales se realizan siempre atendiendo a los principios éticos y legales vigentes en nuestro país, respetando la intimidad y confidencialidad, con imparcialidad y con conocimiento real y suficiente sobre los aspectos psicológicos y jurídicos sobre los que se dictamina. Además de su labor como psicólogos forenses, nuestros profesionales son docentes de varios cursos y de uno de los pocos Masters de Psicología Forense que se ofrecen en Madrid, el cual se oferta la misma Asociación.

Por último, comentar que existen diferentes áreas de peritación en Psicología Forense:

  • Derecho de Familia:
    • Privación o exclusión de la patria potestad.
    • Idoneidad de guardia y custodia infantil.
    • Modificación de régimen de visitas establecido.
    • Valoración psicológica en adopciones.
  • Derecho Civil:
    • Valoración psicológica en procedimientos de incapacitación, tutela o curatela.
    • Valoración de daños y secuelas psicológicas en accidentes de tráfico, agresiones y mala praxis médica.
    • Internamientos psiquiátricos involuntarios.
  • Derecho Penal:
    • Valoración de la responsabilidad criminal (imputabilidad).
    • Capacidad para testificar y ser juzgado.
    • Valoración de daños y secuelas psicológicos en víctimas (violencia doméstica, violencia de género, abusos y/o agresiones sexuales, etc.)
  • Derecho Laboral:
    • Valoración de daños y secuelas psíquicas por accidentes laborales.
    • Valoración de aptitudes profesionales.
    • Valoración en situaciones de mobbing o acoso psicológico laboral.
    • Valoración de simulación o veracidad de incapacidades laborales.
  • Menores:
    • Procedimientos de protección de menores (guarda, acogimiento, etc.)
    • Valoración de daños psicológicos en menores víctimas (violencia doméstica, abuso y/o agresión sexual, etc.).
    • Análisis de la credibilidad del testimonio en menores abusados sexualmente.
    • Valoración psicológica en situaciones de bullying o acoso escolar.

Finalmente, resaltar que en ASPROCRIME contamos, además de con psicólogos forenses que trabajan en las áreas anteriores, con otros profesionales como médicos y criminólogos para poder así trabajar de una manera multidisciplinar ajustándonos a las necesidades de cada caso. Para saber cuál es la función estos profesionales en el campo forense, échale un vistazo a nuestros artículos en el blog de ASPROCRIME

Bibliografía.

Ibáñez, V. y Ávila, A. (1990). Psicología forense y responsabilidad legal. En A. Garzón, Psicología Judicial. Valencia: Promolibro.

Ibáñez, V. y de Luis, P. (1992). Psicología Judicial en España: actuación y límites de intervención. Anuario de Psicología Jurídica, 2, 17-30

Muñoz Sabaté, L.(1980). El peritaje psicológico. En Muñoz Sabaté, L., Bayés, R. y Munne, F. (Eds.) Introducción a la Psicología Jurídica. México: Trillas.

 

Autora: Ainhoa Mayoral Jaramillo

Ainhoa Mayoral Jaramillo

 

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La Asociación Profesional Colegial de Criminólogos de España recibió una solicitud por parte de un centro de la Comunidad de Madrid para colaborar en un programa creado por la Dirección General de Educación Infantil, Primaria y Secundaria.

Durante esta última semana de abril, hemos acogido a 6 estudiantes de 4º de la ESO del IES Calderón de la Barca.

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Se ha creado una agenda específica para compartir nuestro tiempo con ellos y que de esta forma, aprendan de la mano de los mejores profesionales el trabajo que realizamos en nuestra asociación multidisciplinar.

Entre las actividades que les hemos mostrado, los estudiantes han podido participar en un caso práctico, donde han analizado perfiles psicológicos mediante grabaciones reales. Han sido instruidos por una de nuestros detectives privados para enseñarles pequeños trucos y detalles de los análisis que un detective puede hacer en sus investigaciones. Han conocido de cerca el trabajo del criminólogo, pues es una figura poco conocida, pero cada vez más necesaria.

Dada su favorable evolución y predisposición a colaborar, solicitamos permiso a una jueza de Plaza de Castilla para que pudiéramos invertir una de las jornadas como público de los diversos juicios que se programaron en su sala, mientras les explicábamos los roles y funciones de cada uno de los profesionales que intervienen en dichos procedimientos.

Por último, les organizamos un caso práctico, simulando un asesinato, donde han tenido que investigar, buscar, y encajar pistas y pruebas para poder resolverlo. Para hacerlo más real, nos trasladamos a un pueblo completamente abandonado, donde antes de comenzar, nuestros técnicos profesionales en arquitectura y seguridad revisaron que el lugar era seguro, y que podíamos proceder a la actividad. Tuvieron que recorrer la localidad buscando indicios del delito así como pruebas o información que les condujeran a la resolución del mismo.

Cabe destacar que todos hicieron una excelente labor, y que el caso pudo ser finalmente resuelto.

Ha sido una semana magnífica acompañados de estos pequeños investigadores que el día de mañana esperan ser forenses, bien sea mediante medicina, psicología, medicina o entomología. Estamos agradecidos a la Comunidad de Madrid por brindarnos esta oportunidad, de la cual ademas de aprender, hemos puesto en marcha un nuevo programa que llevaremos a cabo durante los próximos meses.

Podemos estar satisfechos de que, al menos, 6 personas más ya conocen las funciones y la importancia de los peritos judiciales en psicología, criminología y medicina.

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